Artículo publicado en: Revista al Margen 76, de Invierno de 2010-11
Cautivar la mirada, diferir lo abierto. Dos consecuencias que se extraen del fenómeno “pantalla” y que desembocan en otra más genérica: hurtar experiencia Arrojado a la celda en que se ha convertido nuestro entorno y nuestra propia casa, el hombre es apartado cada vez más de la intemperie, de cuyo peligro había sacado siempre su fuerza y su valor, poniendo en juego su instinto de conservación.
Esa vida, irreducible incluso en su aparente indefensión al paroxismo “civilizador”, a pesar de las oscuras tentativas seudo-humanitarias por salvaguardarla (como a un tigre o a un flamenco en el circo o en el zoo), es la vida del hombre con voluntad de actualizarse en su enlace con lo que late en la profundidad del exterior. ¿No se dan, en éste, las condiciones unificadoras para una renovación de las relaciones con lo sensible? ¿No se expone el hombre ahí a su propia reanunciación en la dura armonía? Este trato del hombre con lo elemental es lo que la sociedad capitalista no está dispuesta a admitir. Ni a que pueda darse una celebración del lujo de su pobreza. Porque no admite que pueda festejarse un ritual de lo inconsumible; porque no reconoce ninguna zona boscosa de la existencia. Por lo tanto, no puede permitirse que quede rastro alguno de sombra, a la que odia tanto como a la luz. Asimismo, no puede aceptar la soberanía que las constituye, ni que se renueven conforme a un orden vital indisociable, conformado por un ciclo que rompe el encadenamiento lineal ya que se funda en el accidente cósmico, en el accidente telúrico, en lo que da relieve a la noche y al día y les otorga su belleza depresionante: esos profundos accidentes del tiempo que hacen visible su agitada interioridad. (1)


Para la cultura de la técnica, la noche tiene que ser conjurada a toda costa, tiene que ser neutralizada su promesa de desorden (su contra-orden femenino) y civilizada su compleja “inhumanidad”. Ningún vestigio de oscuridad puede quedar sin enterrar, ninguna tiniebla sin exorcisar: deben ser arrojados de nuevo a la pira... mediática. Hay que terminar con el viejo pecado de reunión a la sombra del firmamento, con el boscoso acontecer humano; hay que sepultar a la noche y con ella a los objetos que la encarnan. Aquí, la figura de la pantalla emerge con su gélido brillo, que, en tanto que objeto cibernético, sustituye al viejo espejo y ciega los contenidos simbólicos a él asociados. Pero al contrario que en el segundo (no se olvide: objeto al mismo tiempo lunar, solar y terrenal que refleja una civilización de los hombres y no de las máquinas) no hay vida inconsciente detrás de la pantalla sino una simulación del delirio de simulación que ocluye la alteridad, una impostación de la visión, usurpada por la mecanización en tiempo real de la visualización. No en vano, la irradiación de la pantalla es una nueva forma de encantamiento que paraliza la mirada y cuya función es perpetuar la división: la pantalla emite un hechizo potentísimo que inmoviliza no solamente el cuerpo, sino el cuerpo mismo de la mente. De este modo, sin contacto carnal con el afuera, se debilita la relación con lo común y se inicia la separación de la vida concreta. La comunicación inmediata es virtualizada y convertida en conexión cableada. Así “contactados”, nos desplazamos hasta el lugar más remoto de la Tierra y allí conectamos con algunos de sus habitantes para hacerlos más cercanos a nosotros, casi nunca es para que nosotros nos acerquemos a ellos: esta es la lógica de las llamadas “redes sociales”, por ejemplo. Pero esta lejanía no estará nunca próxima. A lo sumo, se consigue un recorte de la distancia, lo que equivale a reducir la aventura del tiempo y del espacio. De este modo comienza a suprimirse el propio destino.

En la pantalla, es la velocidad lo que acorta la distancia y no lo remoto lo que encarna en la cercanía. La diferencia es, precisamente, abismal. Porque el fondo que da semejanza a lo lejano y a lo próximo es cambiado por la transparencia de aquella y entornado. Superficie gélida que todo lo allana y perfecta geometría de los entornos, la pantalla congela lo insondable y televisa el plano de la separación.

Pongamos como ejemplo de esto una situación concreta en la que la pantalla ejerce, emblemáticamente, tal función: el viaje en tren. Durante el mismo se tiene siempre una experiencia del paisaje que la ventana no interrumpe. A su través, la metamorfosis de la luz y del color se despliega al mismo tiempo sobre la tierra o sobre el cielo. Y la que todavía hoy es una velocidad media del tren, no impide ver. Es más, la visión difusa del primer plano se aclara en la lejanía. Aquí, sí, no hay separación entre distancia corta y larga, al estar unidas por el eje del ensueño, vuelto físico en la totalidad del paisaje. Y la transparencia de la ventana es de naturaleza profunda, enraizada en la propia tierra: el cristal es un embrión que nace de ella, que estaba ya en la roca. Por lo tanto, la misma experiencia del paisaje anticipa una experiencia analógica del cristal. El interés de todo esto estriba en lo que tiene de espejo, puesto que activa un reconocimiento de nuestra propia oscuridad: el reflejo del espejo no sería posible sin la opacidad de su reverso, sin el fondo negro que nos habla de eso que se ha dado en llamar la otredad. Como la tierra, cuya hondura no sólo se filtra por el cristal de la ventana sino que toma cuerpo en él. Por lo tanto, si en su transparencia la ventana abre a lo inmediato del paisaje (su superficie), también sumerge en lo que tiene de abismal, a lo que solamente se puede acceder mediante la aprehensión de su espectro, inevitablemente accidental aunque perfectamente corporeizado.

Sin embargo, no es suficiente que la pantalla ocupe la totalidad del paisaje real y mental. Es necesario incorporar siempre un elemento nuevo que refuerce su expansión, perfectamente eficaz en su “naturaleza” näif y funcional. Lo comprobé hace ya años durante un viaje a Valencia en un tren denominado Alaris (permítaseme la candidez del ejemplo, ahora que el Ave ha sustituido a este tren “anticuado”), cuando tuve conocimiento por vez primera de la existencia de la “persiana automática”, que funciona pulsando el botón correspondiente que la hace subir o bajar. Así actuó el viajero del asiento delantero al que yo ocupaba. Quedé turbado. Y me sentí obligado a pedirle que la subiera, por lo menos hasta la mitad.

No es este un hecho meramente anecdótico, ni siquiera ingenuo, sino significativo de la demencia que acompaña a la automatización, en la medida en que conduce las facultades humanas por la pendiente de la disminución psíquica y física. Y, en el plano concreto de las relaciones humanas más primarias, tal hecho tiende no sólo a distanciar a los seres sino a enfrentarlos, precisamente porque impide el más elemental movimiento de autonomía. De este modo, ya ni siquiera podemos retirar la cortinilla que antes tapaba la parte del asiento que cada viajero ocupaba, cortinilla que cada cual abría o cerraba a su antojo. Lo que así se produce es más <<el triunfo “político” que “práctico”>> (Ignacio Castro) de la sociedad telemática, que impone el orden de la mecanización y obliga a una obediencia servil a la inviolable ley de la democrática dictadura técnica.

Pero avancemos un paso más en la función de esta prótesis y observemos cómo esa persiana quiere sustituir al párpado y comprenderemos que es el “dulce caer en el sueño” (Paul Valery) lo que aquí se nos hurta, inducido ahora de forma mecánica, siguiendo una lógica “progresista” de innovación excluyente: ahora es la pantalla la que seda y no la contemplación del paisaje lo que nos sume en la somnolencia; la imagen la que se fabrica de un circuito cerrado que tapa la visión. De hecho, si todavía con la cortinilla de tela el exterior translucía a su través y penetraba en nuestro cuerpo y no quedábamos al margen ni de su clima ni de su luz (esa liviana tela era como la membrana del ensueño con la que incluso improvisábamos una almohada para echar una cabezadita), este nuevo engendro mecánico sí consigue aumentar el aislamiento y conectarnos a una mutación global que promete, de un lado, mutismo, y de otro, ceguera por exceso de visualización.

En suma, la pantalla tiene que estar desde ahora entre nosotros para siempre, para retransmitir el pánico del capitalismo a la exterioridad (al horror vacüi de la tradición), al tiempo que como una forma de redención por su odio a la intemperie. De aquí su vertiente clínica, en tanto que sala de operación cibernética en la que extirpar la organicidad de los sentidos, para separarlos de la salubridad de lo abierto y desorientarlos, es decir, descuajarlos de su cardinalidad (los sentidos se orientan en todas las direcciones porque su posición es central, son columna vertebral de la relación hombre-tierra), ya que han sido instruidos en la interiorización telemática, que se sostiene, sin vacilar, en la indiferenciación de la dialéctica exterior-interior, en la indiferenciación  de la dialéctica de los contrarios.



1. Inversamente proporcional a esta renovación es el servilismo a la actualización por la actualización telemática, que se ha amparado en una especie de impunidad “vanguardista” como formula política (“democrática”) de protección. Al  respecto, resulta esclarecedor comprobar que, si bien la sociedad cibernética, a través de la cultura de su mismo nombre, se apropia de los elementos más maleables de formulaciones no vanguardistas como el surrealismo o la Internacional Situacionista (que no escapan, por otra parte, a la responsabilidad de sus enunciados) a los que desposee de su “aura”  mediante una maniobra fundamentalmente esteticista (pero de los que se vale, precisamente de este modo para disimularse con los ropajes de esa nueva seudo-religión que con tanta inconsistencia muchos llaman arte), sobre todo se hace depositaria de una “revolución futurista” cuya primera etapa ya había sido esbozada con optimismo insensato por Marinetti. Ciertamente, el ideólogo italiano vería cumplidas muchas de sus ambiciones en la totalidad de los elementos que dan forma al paisaje urbano actual. Y alcanzaría el éxtasis al comprobar que, en efecto, no sólo la luna ha sido sustituida por la farola sino que en breve será el espejo galáctico el que mande a la tierra sus rayos por los del astro y la noche entera habrá quedado sepultada por el ruido telemático: las interferencias que de vez en cuando se daban en la pantalla del televisor (cuando éste era un aparato que se contemplaba con la benevolencia de la novedad) han saltado a la calle con todo su prestigio de modernidad, reproduciéndose “generosamente” en esas intermitencias que, sin ninguna discriminación jerárquica, emiten todos los tipos de señales publicitarias, variando indistintamente según su grado de sofisticación. Aunque esto da igual, porque lo que importa es que ese ruido ocupe hoy la vida urbana entera (también la rural) aumentando su espesor hasta ocluir por completo la visibilidad del exterior. Es la consecuencia de una actuación que se repite diariamente como  un desastre de tal envergadura que el día y la noche dejan de ser constantes vitales del tiempo ya que cada vez más son dependientes del interruptor de la pantalla: cuando éste es pulsado y las pantallas se ponen en funcionamiento, podemos asegurar que se inicia la congelación de la noche (¿dónde ha ido a parar la palabra firmamento, ?) y del día, sucumbiendo a la fría transparencia de su marco.

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