En los últimos tiempos estamos asistiendo a la proliferación de nuevas formas de un pensamiento que podríamos catalogar de neomítico. No se trata de la creación de nuevas sagas de héroes y dioses –operación que queda relegada a  videojuegos, comics y películas de consumo rápido- sino a la introducción de ciertos conceptos que pretenden explicar el mundo desde una irracionalidad revestida de apariencia racional.   
En este contexto, la última moto inservible que pretenden vendernos es la de la sostenibilidad. De un tiempo a esta parte, para que pueda ser deglutido y digerido, todo ha de ser sostenible: un progreso sostenible, una economía sostenible, una ecología sostenible, una sostenibilidad sostenible... ¿Pero qué demonios querrán decir en realidad con la dichosa palabreja? ¡Vaya usted a saber! Lo que sí que parece claro es que se presenta como el último invento para dorar la píldora narcótica que nos tienen destinada.




Durante la actual crisis provocada -y planificada- por la desmedida codicia del  capital especulativo (vaya pleonasmo), su supuesto principal damnificado y en realidad, como no podía ser de otra manera, su primer beneficiario, se han alzado numerosas voces entre los gurús de las finanzas hablando de la necesidad de reformar el sistema; obviamente, ninguna que sepamos, ha hablado de la posibilidad de cambiarlo.

Descartando como ingenua utopía, a priori y sin ningún tipo de análisis, cualquier otra forma de estructura económica de producción, nos instalan en el convencimiento de que ciertos desajustes cíclicos son inevitables en el contexto de un sistema social y económico que, en cualquier caso es el menos malo de los posibles y nosotros no somos sino unos afortunados mortales por tener la inmerecida fortuna de pertenecer a él.

Dentro de la retórica hueca de lo que ha de ser cambiado para que nada cambie, uno de los adjetivos de referencia es como decíamos, el de sostenible. Cualquier político que se precie, cualquier analista, cualquier tertuliano de medio pelo, ha de incorporar a su discurso la poética de lo sostenible.

De entrada, no se entiende muy bien la obviedad; por supuesto que todo sistema ha de ser sostenible: si no se sostiene, se cae. Pero buceando entre líneas y hurgando desconfiados en la estructura profunda de tan sospechoso término  (ellos nunca dan putada, digo, puntada sin hilo) podemos encontrar curiosas derivas. En principio –echándole una excesiva dosis de candor al asunto- cabría conjeturar que hacen referencia a un estado de cosas que sostenga y preserve lo más sano y valioso de aquello que todavía pervive en el presente para que las generaciones venideras puedan disfrutar de una sociedad más justa y un planeta mejor y hasta más limpio. No obstante, a poco que lo meditemos, eso equivaldría a pensar en un zorro que se desviva por preservar la salud de las gallinas y el buen estado del gallinero. No cuela. La esencia del capital es la explotación exhaustiva de personas y recursos. Hablar de capitalismo sostenible es como hablar de agua seca; por lo que llevamos visto, son términos antinómicos, incompatibles. Como en el viejo cuento del escorpión y la rana, el capitalismo no puede evitar su carácter predador y destructivo: está en su naturaleza.

Capitalismo de rostro humano ¿Qué mierda nos quieren vender? El capitalismo nunca entrará en consideraciones de tipo ético porque es por principios amoral. Su única regla de conducta es el máximo beneficio a costa de lo que sea y de quien sea. Cualquier otra consideración está fuera de sus centros de interés. Subvencionará a una ONG cuando rentabilice adecuadamente su inversión, se preocupará por la ecología cuando cotice en bolsa y aparezca en su cuenta de resultados.

Si esto es así, y no podemos columbrar ningún otro sentido, el empeño por resaltar el concepto de sostenible no puede ser, dentro de la lógica del capital, otra cosa que una estrategia de marketing: la manera más adecuada en el actual contexto de vendernos una moto averiada.

Como en cualquier otro discurso religioso, apelan a nuestra fe, no a nuestra razón. Cuando estamos al borde del abismo, se trataría de convencernos con sofismas toscos de que, en contra de toda evidencia, esto aún se sostiene. Semejante empeño evoca las películas de dibujos animados, cuando el protagonista se pasa de frenada al llegar al precipicio y se obstina en dar pasos enloquecidos en el vacío, intentando ser sostenible y evitar lo inevitable. Al final siempre acaba por caer y estamparse en el fondo del barranco. Normal.

Así pues, esforcémonos por estrujar nuestras fatigadas neuronas y pongámonos a la tarea de imaginar cual es en la actualidad el espacio político de la anarquía y que estrategias nos podrían llevar a él. El proceso será lento pero valdrá la pena.
¿Capitalismo sostenible? … ¡Nda shá!

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