María Santana Fernández. Revista al Margen. Ya Freud había insistido con frecuencia en que la risa tenía inestimables propiedades a la hora de conseguir el equilibrio homeostático de nuestra caótica psique. La obsesión utilitaria freudiana, según la cual cada una de las conductas del ser humano cumple un papel específico en el entramado psíquico sin dejar un hueco a la arbitrariedad de la naturaleza, insiste en que el humor es un mecanismo de liberación de miedos y tensiones. De tal modo que cada uno de nosotros tiene la posibilidad de emplear la purificadora risa a modo de sucedáneo erótico que nos descargue de la angustia. Esta risa, según la teoría freudiana, es sana y recomendable, a pesar de andar surgiendo de conexiones viciadas y oscuras del subconsciente, de crueldades y perversiones inconfesadas las cuales están dirigidas paradójicamente a nuestros seres más cercanos y queridos.


La risa, entendida como subterfugio para ocultar las desgracias de la vida con buen humor, se ha querido convertir hoy en día en la mejor y más milagrosa de las terapias. De ahí que constantemente se espete a los enfermos para que se alegren y rían como único modo de acercarse a la plena recuperación de su salud. Y ¡qué somos nosotros sino unos enfermos crónicos de la cultura moderna y el estrés! Por eso tenemos la obligación de animarnos. Y la solución más higiénica, segura  y gratificante es realizar un mero ejercicio de concentración de la voluntad y optimizar nuestro modo de ver las cosas. De esta forma hemos llegado a la situación en la que cualquier renuncia a ejercitar nuestro buen humor puede ser interpretada como desidia, pero incluso como desagravio a la sociedad que trata de inculcarnos un amor por la vida sana y feliz. La risa, asombrosamente, es capaz de relajar, de aumentar la felicidad, el bienestar y combatir el dolor, puede desarrollar nuestra interiorización, llevarnos al descubrimiento de nosotros mismos para ser más seguros y querernos más.

Hoy se ha vuelto imprescindible apelar a una risa loca y desenfrenada ante el próximo Apocalipsis que nos anuncian a bombo y platillo. Así se puede comprender que la misma pantalla que nos está empujando continuamente a un pánico difícil de controlar pase inmediatamente a acunarnos con imágenes descerebradas y chistosas, con montajes increíbles y rápidos en los que diversos personajes muestran impúdicamente sus miserias para escarnio del pueblo llano. Siempre se ha necesitado tiempo para el relax, por eso se consentía el carnaval, donde se generaba un espacio en el que las normas quedaban en suspenso y se respiraba la irreverencia más desatada. Ahora, esa posibilidad de desperdigarse como espectros por las calles y atacar anónimamente a todos los estamentos sagrados y respetados, a los poderosos, al patrón o a la propia familia ha sido expropiada perdiendo absolutamente su capacidad subversiva. Mientras tanto, en los medios nos queda un burdo simulacro de cortísimo alcance de esa corriente libérrima de la mascarada.

Así pues, estos breves momentos de desconexión racional tienen utilidad en nuestra sociedad en la medida en que son acotados, finitos y regulados institucionalmente. El segmento lúdico permitido tiene un horario muy marcado y unas pautas muy cerradas, cualquiera que mantenga estas prácticas en tiempo de trabajo (aquel realmente valorado dentro de nuestro sistema de explotación económica) será señalado por improductivo y seguramente acabará sancionado. Por eso, precisamente, en la medida en que seamos capaces de sabotear estos límites será cuando el humor comience a ser peligroso y cobrar un  verdadero valor. Ejemplos de trasgresión son el sabotaje y el juego que propone Antonio Ramírez en El tiempo muerto o el trabajo de revivir espacios baldíos con los juegos en el parque de los Huérfanos salvajes (1. nota, ambos textos aparecen en este mismo número de Salamandra). Porque el humor es una reivindicación de lo inútil, lo gratuito, de lo que no tiene objeto y en la media en que mantiene este no-valor nos puede servir para cumplir nuestros anhelos.

Recuperando la interpretación que nos daba Freud del humor, es cierto que reírnos puede desbloquearnos en situaciones de miedo o presión y esta posibilidad no vamos a despreciarla, pero intentaremos hacerla ir más allá. Es decir, desde el punto de vista de una liberación rebelde frente a lo que se nos impone, el humor, como un nuevo punto de vista que distorsione lo que nos rodea, consigue distanciarnos de aquello que nos hace daño, abriendo un mínimo resquicio por el que podremos ver el entramado de la falsedad de muchas situaciones pretendidamente indiscutibles. Para eso es necesario alcanzar un estado de ánimo propicio que vaya más allá de la carcajada y que nos permita apropiarnos de armas clásicas como la sátira, la caricatura o el esperpento. Se trata de darle la vuelta al aeróbico buen humor y recorrer el mundo con la mirada insana del resentido, del dolorido enfermo cuya cura no pasa por poner al mal tiempo buena cara. Buscaremos la lucidez de aquel que en medio de su eterna agonía frente al televisor descubre el veneno que lo ha postrado en su cama. Nada más amargo que conseguir esa lucidez a través del contacto directo con lo funesto y nada más embriagador que el humor para hacer pasar el trago, como por ejemplo hace el grupo de rock algecireño Viaje a 800 cuando titula Cáncer bahía a la dulce bosanova con la que termina su disco Estampida de trombones (2. nota, Alone Records, 2007) y que evoca  de manera corrosiva la imparable proliferación de la enfermedad en la Bahía de Cádiz por el mantenimiento de una industria que es la que irónicamente les da de comer.

A partir de entonces dispondremos de todo lo que se nos exhibe obscenamente como loable y glorioso, conveniente y honroso, explicitando el miserabilismo con el que se ha logrado su consecución y en el que nos sume su mantenimiento. Mediante esta tarea señalamos e iluminamos lúcidamente los aspectos más nefastos de lo real, no con la idea de generar en el otro un fácil sentimentalismo, sino intentando provocar una revuelta intelectual de rechazo. Y cuanto más nos esforzamos en esta tarea más retorcemos nuestras expresiones, menos graciosas son, más tensión nos provocan. Este es el humor sin risa que se ha practicado muchas veces en nuestra cultura, autores como Grosz, Heartfield o el Roto han buscado una conmoción en nosotros que la mera acumulación de noticias no consigue ya.

Explorando las posibilidades de este humor intencionalmente crítico, la pregunta es ¿cuáles son los límites de dicho humor? ¿Existe algo sagrado que no pueda caer bajo las garras del ridículo? De nuevo, es precisamente en el momento en el que somos capaces de traspasar el umbral de lo ordinariamente admitido como objeto de mofa cuando el humor puede convertirse en el arma más poderosa. Los medios señalan sin posibilidad de duda esos márgenes y deploran y castigan cualquier trasgresión. Esta sería la entrada fastuosa en el humor negro, entrada que da pudor abordar, pero que una vez completada hace crecer en nosotros un violento sentimiento de liberación y fortaleza. Para nosotros no puede haber ya nada sagrado e intocable: ni Dios, ni el amor, ni la infancia, ni la verdad o el bien. Esos altos valores están tan manidos y tan rodeados de hipocresía que solo se merecen ser mancillados de forma dolorosa e incluso grosera.

Paradójicamente, dicho humor satírico va a tener consecuencias en el ámbito del humanismo más explícito. Cuando el mundo se ha convertido en un entorno tan hostil, cuando a la par nos sabemos seres nocivos y odiosos responsables de tanto dolor y bajeza, el humor guarda la capacidad de reconciliarnos con lo humano surgiendo de la empatía ante la desgracia común que nos aplasta. Por un lado, ya ha sido mostrado el poderoso rodeado de sus viles riquezas, del otro lado se evidencia la desgracia de nuestro sometimiento. El ser humano se expone en estas situaciones como la víctima de la más cruel de la bromas, en esa mezcla de vergüenza, dolor, humillación y rabia a la que da pie el esperpento.
Se dice que solamente los niños, los locos y los borrachos dicen la verdad y señalan con el dedo, por tanto unámonos a ellos. Señalemos, entonces, todas aquellas situación patéticas e irrisorias que se nos quieren mostrar como llenas de dignidad, como, por ejemplo, esas protestas de trabajadores la industria militar que se suceden continuamente y que, contando con el apoyo de los grandes sindicatos, defienden un empleo subvencionado por las instituciones públicas. O, también, las reivindicaciones de aquellos jóvenes que anhelan una hipoteca como modo de realización personal. De modo que llegados a este punto, nos preguntamos con asco si ese ser aparentemente débil no es más que un cobarde incapaz de defender sus tristes posesiones, si sólo es un voluntario siervo del poder y ni siquiera merece la pena que se salve, si es mejor reducirnos a un estado de animalidad e inconsciencia del que jamás deberíamos haber salido. Entonces nos ofuscamos violentamente y queremos ofrecernos en sacrificio a un primitivismo ciego que nos haga desaparecer de la faz de la tierra para descanso del resto del universo.

Pero cuando parece que todo está trágicamente perdido, cuando nuestra humanidad se convierte en nuestra condena, nos estalla en la cara la experiencia directa del humor. Es el instante en el que vemos por el rabillo del ojo a alguien que no puede reprimir la risa. Está luchando para que no se le escape una carcajada, lo intenta con todas sus fuerzas porque sabe que no es un momento apropiado, está en un acto solemne, en un entierro, ante la autoridad y absolutamente consciente de que no debe de ninguna de las maneras reírse. Pero no puede evitarlo, una risa absurda, sin objeto y violenta va subiendo de su garganta y pugna por salir. La batalla está perdida de antemano. La risa, por muy básica que nos parezca, en esas situaciones es gloriosa, se afirma sobre nuestra propia voluntad y nos arrastra irremisiblemente, aunque nos deje inermes y a merced de nuestros enemigos.

Afortunadamente, la risa no es propiedad exclusiva del ser humano. Hay primates que también sonríen, aunque según los científicos con la exclusiva intención de relajar las situaciones de violencia, siendo este el modo como se muestran sumisos e inofensivos ante un posible ataque. Según el cuestionado pero sugerente antropólogo Demond Morris las personas hemos heredado esta disposición conciliadora donde la sonrisa se convierte en un ejercicio de empatía y seducción. En cuanto al humor, la diferencia fundamental con respecto a los animales sería nuestra posibilidad de hacer chistes, es decir, de buscar un doble sentido a lo real con una mirada oblicua, de modo que la capacidad humorística viene ligada al desarrollo de la inteligencia. Para Morris, la primera risa del niño surge del vértigo, en el momento en el que descubre que la situación peligrosa a la que le exponen sus padres sólo lo es en apariencia, cuando lo lanzan en el aire y comprueba que inmediatamente después van a cogerlo. El chiste primigenio serán el golpe y la caída, es decir, en el momento en que una situación lineal se rompe accidentalmente dejando al descubierto el absurdo y lo inesperado. Como ridículo es el caso de la bióloga marina y modelo Claudia Vollhardt, la primera entrenadora de orcas de Europa, quien hacía recientemente las siguientes declaraciones sobre el trabajo con Tekoa (una orca macho de 7 años) para el periódico Canarias 7  «es como el primer beso, nunca lo olvidas», para ser días más tarde hundida y después mordida por esa hermosa orca que trataba de controlar en el Loro Park de Canarias.

La inteligencia y el humor para Morris se enlazarían en una capacidad plenamente simbólica y poética que no se conforma con la relación directa con lo real, sino que anhela algo que va más allá y que constituye lo propiamente humano. En contraste con esta idea que vincula el humor con la inteligencia aparecen una gran cantidad de intelectuales que condenan la práctica de la risa como precisamente aquello que nos degrada a un estado de animalidad, que nos convierte en marioneta del bufón más odioso, quien así nos controla apagando las pocas luces de nuestras cabezas. La risa con la que los bobos nublan la exigua inteligencia que poseen y acogen con gritos de júbilo al listo de turno que viene a salvarlos de ellos mismos. Para estos escrupulosos sabios, la seriedad y la trascendencia deberían ir unidas, la risa y la estulticia al parecer también. La risa les da miedo porque el sujeto que ríe puede tomarles como objeto de su mofa reduciéndolos al ridículo y revolcando todas sus grandes tesis por el fango.

Resulta liberador y placentero arrojar al abismo insalvable del ridículo a tantos intelectuales y científicos pagados de sí mismos. Nos colocamos en contra de esa obtusa ciencia que pretende acotar y comercializar todo lo real, con la que se señala lo útil y los límites de lo existente. Y en este empeño hay que seguir el camino de la Patafísica, esa fuente del deleite absurdo que absolutiza el principio de desgranar metódicamente todo lo posible y lo imposible. Siendo conscientes de que la explicación que esos sabios se arrogan como única, verdadera y científica, no es más cercana a la verdad que cualquier otra que soñemos nosotros.

Reiremos a grandes carcajadas frente a la fachada aparentemente inalterable de la ciencia y sus ideales de progreso y confort. Cuando somos constantemente moldeados por novísimos cacharritos tecnológicos implantados de manera irrevocable, cuando se teje un discurso legitimador indiscutible, cuando empieza a repugnar el contacto con las cosas que huelen, saben o se tocan, es imprescindible permitir vislumbrar lo absurdo de todo este edificio y sus efímeras bases. No podemos olvidar que la tecnología en el momento en el que falla es absolutamente ridícula: como el instante en el que dos amantes cibernéticos se encuentran en pleno polvo virtual y se produce un repentino apagón, en lo que podríamos definir como coitus interruptus civerneticus.

En este sentido, el humor puede ser entendido como un estado alterado de conciencia que viene a librarnos de la mediocre conciencia útil y habitual, mostrándonos todo lo aparentemente riguroso con su verdadero rostro inestable. Esa conciencia útil con la que aprendemos las matemáticas y que nos permite ir a comprar el pan es la misma que ha reducido el amor a un simple y basto desequilibrio químico. Por eso, cualquier intento de violentar el espacio rutinario de trabajo a través del juego se convierte, como indica Antonio Ramírez en su artículo (3. nota, ver arriba), en una pequeña subversión que asombra a sus participantes al encontrarse por un instante inesperado ante la posibilidad de algo nuevo. Y ese momento de triunfo es exultante, es la belleza de afirmarse sobre lo que se muestra como indefectible, un triunfo que puede llegar a embriagarnos con un vértigo que tristemente muchos rechazan. De modo que el humor puede también convertirse en un estado de ebriedad que nos permite introducirlo todo en una galería de espejos deformantes, no solo la miseria circundante, sino nuestro propio modo de estar en el mundo. Se trata de tener el sentido del humor suficiente para atreverse a cuestionarse todo aquello que nos permite sostenernos en nuestra conciencia útil y que identificamos como parte de nuestra irrenunciable identidad, descubriendo que no son más que triquiñuelas vanas con las que ayudamos a mantener aquello que precisamente nos hace daño. Pero necesitamos estar tan borrachos de humor que no nos importe quedarnos solo con la risa, tambaleándonos frente al mundo, aguardando la aparición de un espectro burlón que nos ilumine con un nuevo sueño.

El humor, cuando ha roto amarres con respecto a lo que acontece y a nosotros mismos, nos permite dejar de percibir el peligro de lo que nos acecha pero sin proporcionarnos una situación cómoda o ilusoria, sino dotándonos de la energía del suicida. Cuando se tiene la certeza de que todo está ya perdido porque nuestros afanes e ilusiones nos han sido expoliados, porque estamos derrotados sin fuerzas para cargar directamente contra esa mole que se alza impune y todopoderosa, entonces arranca una exultante y misteriosa energía. Franklin Rosemont nos indica acertadamente: “El humor desata la destrucción contra todas las formas de opresión y de horror, y cuando la opresión y el horror llegan a ser totales, nada sino el humor total puede ser la respuesta (4. nota: El humor: hoy aquí y mañana por todas partes. Breve introducción para la próxima revolución, Arsenal nº 4, 1989)”. Debe llegar el momento en el que no sólo alcancemos a ver la miseria de lo impuesto, sino las posibilidades que aguardan tras su caída, sabiendo que el ataque directo sólo consigue agotar nuestras fuerzas, arrojándonos entonces a una emboscada transversal. Empujados por una energía excitada por la subversión, el sabotaje y el juego, alzaremos una traición tras otra hasta que de ellos solo quede un desierto, aceptando que poco importa si con esta destrucción desaparecemos nosotros mismos.

En este sentido, Louis Aragon en El tratado de estilo concibe el nacimiento del humor a la par que el de la poesía, es decir, ligado directamente con la interpretación metafórica y simbólica de lo real. Y señala un momento imprescindible dentro de este desarrollo, lo que denomina el humor absenta propio del romanticismo, el de una imaginación que intenta liberarse completamente en su afán de convertir todo en poesía. A la par de este ansia de trascender lo racional, el Romanticismo tuvo la lúcida capacidad de encarnar al hombre en el mundo, en su devenir y en su historia, haciéndole tomar conciencia de su inapelable mortalidad. Así se descubre una tensa paradoja: a pesar de mostrársenos con evidencia que somos finitos descubrimos la intuición de lo eterno e irrenunciable en la poesía, en la metafísica y en la religión, haciéndonos tomar una dolorosa conciencia de lo que nunca será nuestro, lo que permanecerá para siempre más allá de nuestras manos, lo que el misterio pronuncia pero ni siquiera entiende. Del descubrimiento de esta separación entre lo eterno y lo mundano y mortal surge la desesperación del suicidio, como último intento de alcanzar la inmortalidad jugando con nuestro propio fin. El humor angustiado de los románticos será la ironía, negando, desvalorizando, volviendo del revés el lenguaje, quitando peso a todo lo que se nos presenta como objetivamente real. Por eso Aragon nos dice: “Entiendo como humor ese amargo placer que nos procuran las bromas pesadas de la vida”. Intentando liberar con una salvaje risa al hombre del insoportable lastre de la creación moral y estética. En este contexto el dandy no tiene nada que perder, recorre de forma indolente la vida porque sabe cuando va a morir, nadie ni nada le va a arrebatar ese preciado momento de liberación de lo finito, y pasea trasgrediendo lo socialmente correcto jugando a encontrarse con la muerte tras cada esquina. La ironía afilada del romántico hiere irremisiblemente todo lo que toca, como diría el joven Cioran arrasado por el dolor de la pérdida de lo eterno, una ironía que sustituya "a una risa sarcástica y criminal".

Esta poderosa risa destructiva vuelve a advertirnos de que el humor no puede degradarse al mero chiste recetado contra la congestión laboral, la gracia puede ser mucho más valerosa trasgrediendo y agrediendo lo real. Como hemos visto, el humor guarda la capacidad para desestabilizar nuestra comprensión de las cosas y, a la par, permitir alzarnos para verlas mejor e ir contra ellas. De modo que no nos interesa una breve y lacónica carcajada, sino una prolongada risa irónica con la que armarnos para despreciar el mundo y con ella poder contagiar de risa a todo aquel que toquemos. Franklin Rosemont marca claramente las características de este humor "activista, anónimo, colectivo, generalmente negro, ilegal y sobre todo objetivo". Objetivo porque no aspira exclusivamente a una transformación de nuestro modo de ver lo real, sino a una interacción con las cosas, en el plano de lo que acontece, de la vida cotidiana. Porque cuando se quiebran de cansancio las voces que claman a las puertas de las extinguidas fábricas, no queda más que el sabotaje. En este sentido, nos arrojamos al humor con una máxima exigencia abolicionista, destructora, ociosa, de amor y de juego.

Mientras tanto, ese mundo, que sólo reconoce un valor y que pugna por sostenerse gracias a nuestro trabajo, puede burlarse de nuestros juegos ignorante de las fuerzas que estamos desatando, porque al final caerá roto a nuestros pies. Pasaremos por incivilizados por ridiculizar el valor de sus riquezas y el de nuestro condenado trabajo, y es que preferimos vernos reducidos a la animalidad de la risa anhelando el pasado idílico en el que los salvajes reían locamente cuando al vecino le caía un coco en la cabeza. Se tratará de ser desconcertantes, absurdos, ridículos, inútiles, grotescos. Y cuidado de aquel que piense que este humor será hermoso, deberá ser deliberadamente monstruoso, molesto, criminal, nuestro gesto será tanto más poético cuanto más negro.


María Santana Fernández. Revista al Margen

Donde estamos

Ateneo Libertario Al Margen
Palma, 3 bajo
Tel. 96 392 17 51
46003 València
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
www.ateneoalmargen.org

Mapa Web

 

Suscríbete

+ Suscríbete para recibir en tu email
la programación mensual del Ateneo

Tráfico

Hoy92
Ayer297
Semana1316
Mes5513
Total288478
Viernes, 18 Enero 2019 07:07

Video 22 Aniversario
Scroll to top