Artículo extraído de la Revista al Margen 68, la Autogestión. Yo he intentado llevar a cabo un proyecto alternativo sin éxito y, sin embargo, no cejo en el empeño. Mientras intento hacer realidad este sueño, no dejo de pensar en que por fin ha llegado la crisis del sistema; su agonía se hace palpable a la masa trabajadora, a los técnicos, a los gobernantes…, es decir, a la práctica mayoría de la población del mundo.



Hay muchos luchadores de la libertad que desearon ver este momento, pues éste es el momento en el que nace con fuerza la posibilidad de crear un sistema económico, social y político realmente alternativo, inspirado y basado en la libertad, la igualdad, la justicia, la participación directa en la política (la verdadera democracia), la apropiación de los medios de producción y en la autogestión, y en el respeto a la Naturaleza. Sin embargo, todos estos bonitos conceptos no sirven de nada si no se plasman en la realidad, si no se llevan a la práctica.
Ahora que tenemos una verdadera oportunidad de crear una nueva sociedad, nos deberíamos preguntar por cómo crear los cimientos de esa sociedad, por cómo resolver los problemas económicos, sociales y políticos que ya se están planteando.
En este contexto las realidades palpables son referentes que sirven para demostrar que hay alternativas a la realidad imperante y a las tendencias destructivas que existen en su seno. Estas experiencias alternativas facilitan el avance hacia una nueva sociedad. Pero si no existieran, habría que inventarlas, pues la imaginación es realmente el motor de la Historia, tal como afirmaba Cornelius Castoriadis.

¡Si no hubiera alternativas, habría que inventarlas!

Hoy en día hay algunas experiencias, éstas, individuales y colectivas, que se pueden considerar alternativas pero que buscan sobrevivir, en muchos casos, dentro del sistema económico actual, por lo cual una parte importante de ellas se ve afectada por las convulsiones del agónico sistema.
La solución a este punto débil de estas empresas y un hito en la sociedad consistiría en relacionarlas unas con otras, relacionar a los diferentes actores económicos alternativos, que sigan verdaderamente unos criterios alternativos para considerarlos como tales, y, así, crear una estructura económica paralela a la capitalista.
Este proyecto debería llevarse a cabo mediante la creación de comisiones que se encargarían de coordinar a los diferentes actores y de organizar la producción para satisfacer las necesidades de consumo de manera eficiente y justa para todos. Estas comisiones estarían formadas por miembros de las distintas empresas, elegidos democráticamente, y estarían sujetas al control de los miembros individuales y colectivos de esta red.
Quien haya leído, por ejemplo, las obras sobre economía y colectivizaciones de Félix Carrasquer, de Gastón Leval y de Víctor Alba, entre otros, se podría hacer una idea de cómo podría organizarse.
En cualquier caso, la creación de una red económica alternativa puede que no sea sencilla pero, si se consiguiese, sería fructífera.
Para llevarla a la práctica habría que buscar a esos actores económicos (empresas individuales, cooperativas de trabajo asociado, cooperativas y asociaciones de consumidores, otras organizaciones) que siguieran unos criterios inspirados en los que rigen a las Empresas Alternativas y Solidarias, tal y como se recogen en los estatutos de la Red de Empresas Alternativas y Solidarias (respeto del medioambiente, búsqueda de unas relaciones económicas más justas y humanas, etc.), y que quisieran integrarse en una organización económica supraempresarial. Todo esto cuesta trabajo.
Un posible esquema de esta red económica podría ser el siguiente:
Productores (individuales y colectivos) de productos ecológicos suministran estos productos a asociaciones de consumidores de productos ecológicos… Pero, ¿cómo se suministran los insumos a las empresas productoras? ¿Mediante dinero? ¿Mediante la aportación de horas de trabajo de los consumidores? ¿Mediante ambas opciones?
Si los miembros de las diferentes empresas alternativas crearan asociaciones de consumidores de productos ecológicos o se basaran en las ya existentes habría un punto de encuentro entre los productores y los consumidores. De esta manera, los insumos necesarios para las empresas productoras serían conseguidos, o bien a través de dinero o trabajo de los consumidores, o bien a través de la aportación de materiales, obras o servicios, realizados por una parte o por la totalidad de las restantes empresas alternativas. Una comisión debería posibilitar el equilibrio de los intercambios para que ninguna empresa diere más de lo que recibiere y se pusiere en peligro su existencia y la de la red; y, a la vez, debería intentar satisfacer todas las necesidades (tanto de productores como de consumidores).
Siguiendo con esta idea, si algún día se da algo parecido a lo que expongo aquí, y si todavía sigue agonizando el sistema, estas empresas deberían seguir abiertas al mercado capitalista pero reforzando sus relaciones entre sí y apoyando todas aquellas iniciativas que puedan hacer caer el sistema y que favorezcan el nacimiento de una nueva sociedad.
 
Salud y libertad

SERGIO DE FELIPE BLANCH



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