Los libros, está demostrado, son también organismos vivos. Nacen, no sin dificultad, algunos de ellos, otros se quedan en aborto, las obras inacabas de cuantos autores. Crecen, quien no ha visto alguna vez como de henchidos se ponen con la humedad, como el polvo los cubre de canas grises dándoles aspecto de viejo respetable, o como por algún, tal vez, fallo hepático se van poniendo amarillas sus hojas o se van despegando con desapego por esa estúpida idea humana de la conservación si al nacer no recibieron una buena puntada. Se reproducen, que duda cabe, y de cuantas formas; cada traducción de un libro no es sino el nacimiento de un nuevo libro o que hay de esa saga de libros que tiene un origen remoto pero seguro en el encuentro entre un grueso palimpsesto repleto de insensateces que acabó por convencer a una obrita manuscrita inédita. Y muchos, la mayoría, mueren, algunos de ellos ni bien salieron del almacén ya están condenados a la trituradora de papel, por cientos de miles y millones han muerto como víctimas no contabilizadas de todas las guerras que han degenerado la historia, algunos caen muertos por puritito amor, por el celo de algún lector o lectora que creyeron encontrar la solución a todos los males, (cómo de gordo debiera ser el libro) o por fin al ser amado rastreado por todas las esquinas.

